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Montesino: “Tuve el 80% del cuerpo muerto, ahora tengo que volver a aprender a caminar”

El boxeador de Trelew, Matías Montesino, dice que a los 23 años tiene que volver a aprender a caminar. Y lo dice con una sonrisa que le achina todavía más sus ojos finitos, cuando recibe el alta médica después de 50 días de internación y se reencuentra con Lucas Adán Jr., el hijo de seis meses que no ve desde hace casi dos. “Tengo mucho miedo. La verdad es que no tengo ganas de seguir peleando. Tengo ganas de dejar el boxeo, se me fueron las ganas”, reveló.

 

En el barrio Presidente Perón de Trelew hay carteles con mensajes de bienvenida para el campeón. Lo reciben como a un héroe. Y el reconocimiento es justo: poco importa el resultado deportivo -que indica que el 27 de diciembre, en la ciudad nigeriana de Ibadán, perdió en fallo unánime tras 10 rounds contra el local Ridwan Oyekola– cuando lo que se estuvo a punto de perder es la vida. “Fue un milagro de Dios, porque tenía el 80 por ciento del cuerpo muerto”, asegura hoy, después de dejar atrás diálisis, cánulas, respiradores y 43 días en terapia intensiva por contraer malaria durante esa maldita pelea en el África.

 

Sonríe, es cierto. Pero el revoltijo de emociones que lo invaden incluye también uno tan primitivo como el temor. “Tengo mucho miedo. La verdad es que no tengo ganas de seguir peleando. Tengo ganas de dejar el boxeo, se me fueron las ganas. Esto me quitó todo, me dejó secuelas en el cerebro, así que por ahí corro riesgos. Quiero disfrutar de mi hijo, de mi familia. (…) Tengo que aprender a caminar de vuelta, a afirmarme. Por haber estado tanto tiempo en terapia, no puedo caminar solo. Estuve al borde de la muerte”, reflexiona y mide cada palabra como cuando entra en distancia en el ring.

 

Habla de la muerte porque la conoció en el Hospital Zonal de Trelew, de donde acaba de irse ayudado por una silla de ruedas, primero, y por un andador, después. Habla del amor de la familia porque, también en ese nosocomio provincial, un día le faltó una porción gigante para siempre. Fue allí, en una de esas mismas habitaciones, que su hermana Rosa murió repentinamente a los 26 años, en 2019, después de sufrir un ACV. Habla de los riesgos del boxeo porque se los narró uno por uno su papá y entrenador, Raúl, excampeón argentino gallo de los 90, y porque los padeció: dos meses más tarde de la muerte de Rosita, quiso honrarla con lo que mejor sabe hacer, boxear, y aceptó un combate desigual contra el entonces campeón argentino, José Acevedo, y perdió por nocaut en el 2° round

 

En esa condensación de palabras y sentimientos, da un paso atrás y elude el rencor. A pesar de que reconoce que nunca los alertó sobre los riesgos de contagio, no carga contra Patricio Retondaro, el agente que regularmente lleva boxeadores argentinos al África y que los llevó a él y a su padre a Nigeria. Sólo contra la Federación Argentina de Box (FAB) y los organizadores del combate lanza algunos directos al mentón. “No sabía nada (de la malaria). Solamente pensábamos que (el riesgo) era la fiebre amarilla. (Retondaro) Nunca nos avisó del virus (sic): si él sabía que existía y no nos dijo nada, creo que fue una irresponsabilidad; si no sabía, fue mala suerte, una mala experiencia. (…) De la FAB nunca nos llamaron. No recibimos un mensaje, ni un llamado. Tampoco de la gente de Nigeria. Nos dejaron re tirados, je”, sentencia.

 

Pero donde podrían caber rabia e impotencia, hoy hay lugar sólo para la esperanza, para la alegría de volver a disfrutar de las cosas pequeñas e infinitas que tiene la vida. “Me dan ganas de ver a mi hijo. Está gigante, le crecieron los dientes. Me estoy perdiendo de muchas cosas: de estar en la casa, sentarme afuera, tomar aire y ver el sol”, se despide Matías y se va a atender asuntos que, desde ahora y para siempre, son los verdaderamente importantes.

 

Fuente: A la Vera del Ring

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