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Unos changos que jodían con la pelota

Rumbo a los 90 años de Unión San Martín Azcuénaga la historia se escribe con el corazón y en primera persona.  “USMA nos enseñó a creer en nosotros, sin mirar las debilidades futbolísticas”, describe Ismael Tebes en su recuerdo  del viejo San Martín.

 

 

 

Por Ismael Tebes

 

Era el viejo San Martín, que sonaba a provincia en la voz de los laburantes. Esa tonada norteña era un punto de encuentro inevitable: una misma camiseta, un buffet siempre generoso y una pasión que respiraba del otro lado del alambre. Los “changos” eran voluntariosos, pasionales, nada brillantes quizás.

 

Solían quitarse el mameluco y los botines para calzarse en el viaje la ropa de futbolistas. Siempre fue así: el club era un cable a tierra, que “movilizaba” y empezaba a sembrar identidad. Con los “Chivo” Arce; los Alfaro Palacios; los Maza y los Molina. Los mismos que le dieron su propia sangre al azul y rojo. Identidad más allá del apellido.

 

Los amigos del “otro lado de la ruta” ganaron la pulseada y Unión San Martín Azcuénaga me permitió viajar por los barrios de la ciudad como si fuera a otros países. Diadema, Caleta Córdova, Laprida en su viaje cancha del “fondo” y un debut “a lo grande” en la vieja cancha de Huracán en la Loma, con túnel incluido y plateas calientes a pesar de la niñez/adolescencia.

 

USMA nos enseñó a creer en nosotros, sin mirar las debilidades futbolísticas. Solíamos viajar en el viejo camión de “Chanchera” Márquez a las canchas cercanas y en ocasiones, improvisábamos varios viajes en los Torinos y Falcón de algún dirigente que veía “pasar la hora” y la posibilidad de perder los puntos. Se cargaban de a cinco o seis jugadores por viaje para que llegáramos a tiempo para firmar la planilla.

 

La localía era para todos una fiesta. Cruzar el Cinco con los botines en el hombro y esperando el final, sea cual fuere el resultado, para el mejor premio que se podía tener: el mate cocido con el sanguchito de jamón y queso. O con las empanadas que nos remitían a las raíces mismas de esos lindos “catas”; guitarreros, ypefianos y felices de ser quienes fueron.

 

 

 

Carlos Cerezo, el DT, no solía darnos charlas técnicas muy estrictas pero nos insuflaba un ánimo que nos hacía indestructibles. Con los mellizos Quiroga; el Gordo Cárdenas, Rasgido, el Chango Herrera; Sandro Quiroga, Oscar Ligo, el Zorrino Vargas; Néstor Pelicón, Nelson Rognetta, Sergio Perea y “Coco” Barrientos, el diferente del grupo y una de las cartas ganadoras no la pasábamos tan mal. Quizás con un arquero con manos más seguras, ésta división pudo haber dado que hablar.

 

 

Había que volar en las canchas de tierra. Las rodilleras eran “antiestéticas” y las medias caídas de la moda eran una moda que no debía romperse. Aun así, las rodillas peladas pasaron todas las pruebas, yendo hacia las pelotas imposibles, con manos libres de guantes y el buzo Adidas multicolor que el resto de los arqueros más grandes había desechado quizás por buen gusto.

 

En la vieja cancha, un billar después del rodillo y con las tribunas de caños ver jugar a leyendas como el Ruso Sabater; el “Pila” Castro, “Huevo” Perea; el Flaco Cuevas; los primeros pasos de Gabino Maza y Pedro Molina –la zurda más talentosa hecha en el club y el primer “elegido” en llegar al profesionalismo- representó el empujón que faltaba hacia el fanatismo. Igual que Kowal, Fiorani, el Tano Giacoponi, Barroso, Campitos, el “Loco” Cano y el “Sapo” Chávez, referentes de épocas no tan distanciadas en el tiempo.

 

 

 

 

Inolvidable el buzo Puma celeste que vistió de punta en blanco al equipo más ganador del “Patricio”, desde la Primera “B”, resuelta en batallas contra el Caleta Córdova de los Antonio, Schlebusch y Lazo hasta la Primera con una vuelta olímpica histórica. Ese vestuario, donde alternaba el doble rol de planillero y eventual arquero suplente, era el resumen del futbol mismo.

 

Porque Miguel Orlando Amado Gallardo, el “Toto”, demostró ser un verdadero “adelantado”. Armó cada pieza de un grupo que parecía imbatible, jugando con su sello y desplegando un futbol que terminó sorprendiendo a los grandes. Néstor Lazarte, “Tanano”, era un arquero de gran caudal físico que parecía llegar hasta lo imposible; asomaba el “Sapo” Ziadeh; “Fideo” Acosta (QEPD), Juan Martínez, Francisco Pardo, Omar Rodríguez; un juvenil Raúl Héctor Palacios (QEPD); el “Gallego” Pardo, Miguel Navarro y el “Mono” Astete; Walter Maldonado; Omar Bellido y “Chona” González.

 

 

 

 

Ahí estuvo siempre la emoción y la adrenalina de tantas tarde de fútbol, con olor a barrio y con la huella de viejos inolvidables. Es que en la simpleza del techo de chapa; el olor a tierra, el aceite verde metido en la piel y los entrenamientos a media luz está el alma de los próceres del viejo San Martín. Más fútbol de barrio, imposible.

 

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